Santa Cruz de los Bólidos
31/01/2012 3 comentarios
Es de entender que cuando se fundaron los pueblos de la Montaña Alavesa, hace poco menos de mil años, no se tuvieran en cuenta los posibles avances tecnológicos que darían lugar a los automóviles. Es natural.
Pero para la extraña distribución que tienen las aceras y la consiguiente primacía de los vehículos sobre los peatones en estas localidades, no hay más excusa que la mala planificación urbana.
Mientras Vitoria-Gasteiz se afana por mantener su título de European Green Capital, en los pequeños pueblos aledaños se echa en falta, como mínimo, una campaña de concienciación vial; por no entrar en temas medioambientales, que harían pie en lo innecesario de utilizar el coche para ir a comprar el pan o a tomar un café en un pueblo de un km de longitud.
Pongamos a Santa Cruz de Campezo como ejemplo: La calle principal, La Villa, es teóricamente una calle de doble sentido con aceras. Visto en profundidad, habría que aclarar cómo es que se supone que los niños que por ella transitan en dirección hacia o desde la Ikastola, estén protegidos caminando a través de aceras al nivel de la calzada, que son invadidas constantemente cuando dos vehículos se encuentran de frente.
A esto habría que añadir los constantes casos de aparcados en zona prohibida, cálculo que daría en ocasiones unos tres vehículos circulando a través de una anchura de 5,5 metros. Si a esto le sumamos la presencia, en una sola de las aceras, de una persona circulando con un carrito de bebé o un par de muletas, no hace falta decir más para reconocer que la cuenta no da. Podría parecer que este ejemplo es un poco extremo pero, al contrario, es una escena a la que asistimos constantemente o que incluso protagonizamos en los diversos roles, según la ocasión.
La Villa de Antoñana ha solucionado este dilema con la prohibición de circular en automóvil por el casco antiguo salvo extrema necesidad de los residentes. Recientemente se ha construido un aparcamiento gratuito a la entrada del pueblo para recibir a los numerosos visitantes de fin de semana. El resultado es un pueblo recogido, libre de ruidos molestos y mayor seguridad para los niños. Aunque, en ocasiones, hasta el frontón es utilizado para maniobras o incluso como plaza de parking.
En otras localidades más pequeñas, como Orbiso, Oteo o Bujanda, salvo en contadas ocasiones no se llega a notar el agobio del tránsito, aunque algunas zonas hayan sido pavimentadas de pared a pared, o incluso de puerta a puerta.
Por mi parte creo que un pueblo pequeño con siglos de historia ofrece una gran oportunidad presente para pensar en frío el desarrollo futuro. Así como se tienen en cuenta los rasgos de su crecimiento urbano al recalificar una zona, sería positivo planificar el tránsito en torno a la cambiante realidad: en zonas rurales casi todas las familias poseen al menos un automóvil y algunas veces, todos lo usamos a la vez.
Volvamos al ejemplo de Santa Cruz, cuando se cambió el recorrido del autobús de la calle la Villa a la carretera general, y se trasladó su parada de un lugar céntrico a la periferia, muchos de nosotros habremos pensado “¡Qué pereza, bájate ahora hasta la Cruz Roja!” pero en breve se hicieron tangibles las ventajas de no tener un autobús circulando por el centro del pueblo, para colmo de los coches en distinto sentido y los mal aparcados.
Es esencial recordar que los cambios son posibles, e incluso deseables. Que siempre habrá quienes en un primer momento se resistan al cambio, pero una vez superada la etapa del desacostumbramiento llegará el disfrute de las mejoras ganadas.
















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