Ibernalo en la frontera

[Publicado por Joseba Abaitua en Ibernalo (2015)]

Ibernalo, junto con el resto de Campezo, se halla en la frontera. Hoy es frontera entre territorios (históricos) que previamente fueron reinos. Pero antes de que se perfilara esa frontera política (entre Pamplona y Córdoba primero, entre Navarra y Castilla después), fue frontera lingüística (vascorrománica). Sorprende comprobar que no ha existido relación directa entre ambos tipos de divisoria. La frontera lingüística cortaba latitudinalmente los dos reinos por igual. No se daban diferencias lingüísticas –y mucho menos étnicas– entre vasallos ni  monarcas castellanos o navarros, como tampoco ahora las hay per se entre los vecinos de ambos territorios –y mucho menos en el área contigua a la muga (política), en la que, como en las monarquías, abundan los lazos de consanguinidad.

En tiempos, sin embargo, la lengua fue elemento diferenciador entre las poblaciones (que no entre los pobladores) al norte y al sur de esa raya. La toponimia es el privilegiado testigo histórico de la raya lingüística que con nitidez distingue Arraya y Arana de Campezo, así como Lana y las Améscoas de Valdega o Berrueza. Es una divisoria que en Navarra culmina por oriente a la altura de Burgui y Castillo-Nuevo; y en el occidente de Álava entre Oquendo y Arceniega. Las diferencias son características: de un lado formas vascas como Ullibarri, del otro equivalentes romances como Villanueva; y así sistemáticamente aran frente a barranco o val(le), arrate frente a portillo, atx frente a peña, baltz frente a oscuro, padura frente a paul, etc.

Hay que aclarar que no toda la toponimia al norte de la raya es vasca; y no solo porque al ir retrocediendo la lengua (siglos XIV-XIX) muchos topónimos vascos fueran reemplazados por otros castellanos; también poblaciones que durante siglos han sido vascoparlantes exhiben –por distintos motivos– topónimos romances (Apellaniz, Contrasta, Corres, Lagrán, Quintana, etc.).  Lo que es revelador es que al sur de la raya, tanto en Navarra como en Álava, la toponimia vasca brille por su ausencia. Hecho reforzado por la rotundidad románica en ese mismo espacio tanto de los topónimos mayores (Acedo, Aguilar, Antoñana, Bernedo, Campezo, Codés, Hornillos, Marañón, Muela, Oteo, Piérola), como más significativamente de los menores (Alboredo, Los Casigales, Cervera, Cogolla, El Combrón, El Ejido, Fresnedo, Majuelo, Olivastral, Ontejas, Paulaza, Paulenga, Los (P)lanos, Peñarroya, El Poyo, Rosayuelas, El Somo, Los Sotos, Valledo, Verdijón, Vergueral, etc.). Este factor denota una estrecha conexión del romance local con la evolución del latín desde tiempos antiguos en todo el norte peninsular.   

Es una de las razones por las que sabemos que la frontera lingüística no es tan antigua como tradicionalmente se había pensado. Desde luego no responde a una distribución de tribus prerromanas (várdulos frente a berones). No existieron trifinios lingüísticos o étnicos en tiempos prehistóricos. Desde hace años sabemos además que la presencia de Roma fue homogénea en todo el territorio (como denotan por ejemplo las estelas halladas en Campezo, Aguilar de Codés o Marañón, así como en Contrasta o las Améscoas, a uno y otro lado de la raya vascorrománica).

Hoy disponemos de indicios que apuntan a que la frontera lingüística surgió en fechas relativamente cercanas, producida posiblemente por el desplazamiento o redistribución de pobladores en el periodo que abarca la tardoantigüedad –tras la caída del poder imperial– (siglos V-VI) hasta el alto medievo (siglos VII-X). La prueba más concluyente en favor de esta cronología la aportan los rasgos dialectales de la toponimia vasca: atx frente a aitz, aretx frente a aritz, baltz frente a beltz, barri frente a berri,  elex frente a eliz, lexar frente a lizar, solo frente a soro, uri frente a iri. Son indicadores recurrentes que refuerzan el origen altomedieval de la frontera lingüística.  

La pregunta que debemos hacernos ahora es ¿por qué razón la expansión altomedieval del euskera se detuvo en Campezo? Aunque todavía no conocemos las causas precisas, intuimos, por analogía con otros espacios, los motivos generales: Campezo, como Marañón o Angostina, ocupa un enclave de alto valor estratégico. Permite ejercer el control de corredores que tradicionalmente han desempeñado funciones fronterizas. En el centro y occidente de Álava encontramos ejemplos paralelos en los desfiladeros de Arganzón, Salinillas de Buradón, o Subijana de Morillas. Todos ellos delimitan espacios que han quedado al margen de la expansión altomedieval de la lengua vasca.

Hay una excepción a este freno sistemático a la expansión del euskera hacia el sur del territorio, pues es bien conocido que en esos siglos la lengua cruzó el Ebro remontando la cuencas altas de los ríos Oja y Tirón. Siguiendo el trazado que la toponimia vasca dibuja sobre el terreno, parece que el lugar de paso debió de estar en el puerto de Rivas de Teso, que conecta Peñacerrada con Labastida. Entre Haro y los valles mencionados hay abundante presencia de toponimia vasca, toda ella en su morfología coherente con la cronología y adscripción dialectal mencionadas.

En Campezo sin embargo la expansión se contuvo a la altura de Oteo, Antoñana y Bujanda. ¿Quién controlaba estos enclaves estratégicos? La primera noticia es del siglo XI, cuando esta responsabilidad recaía en el señor de Piérola (tenemos noticia de que en 1085 don Sancho Fortuniones de Piédrola, junto a su esposa doña Sancha Veilaz, puso un tributo en Santa Pía de Laminoria, monasterio de su propiedad, a favor del monasterio de Santa María de Irache). Pero nuestro interés recae varios siglos atrás, de los que carecemos de información precisa. Solo suponemos que en cada momento debió de existir un antecesor de don Sancho Fortuniones, comisionado por el poder imperante. De acuerdo con nuestra cronología de la raya (siglos V-VIII), esta encomienda pasaría sucesivamente del ámbito hispanorromano al visigodo y de éste al emirato de Córdoba. Porque lo que es seguro es que para cuando emergió la monarquía pamplonesa (siglos IX-X), la raya lingüística ya estaba consolidada.

Finalizamos corroborando la interpretación que José Antonio González de Salazar da de Ibernalo, como lugar de invernación, y que abunda en la naturaleza románica de la toponimia campezana.

A %d blogueros les gusta esto: