Manjares para los ojos, paisajes para el gusto

Han transcurrido ya unas cuantas jornadas desde la inauguración del otoño.

Lo sabemos por la mengua del día, por la ausencia de golondrinas, y sobre todo por los colores.

Este año el otoño ha comenzado benigno para el cuerpo: todavía recorremos las sendas en manga corta… y, sin embargo, nos provoca cierta inquietud el contemplar las fuentes sedientas, los arroyos desnutridos. Albergamos la esperanza arcaica de que una vez más lleguen las lluvias, a la vez que disfrutamos de los acaso últimos paseos templados del 2012.

Aguaqué, en otro año, con otro caudal… (Antoñana)

Lo mejor del otoño es, quizá, que es el momento del año en que transformamos toda la energía del sol recibida en verano en combustible para el invierno. Sea esto leña seca, frutos secos, otros frutos convertidos en conservas, o más figuradamente hablando, nuestro propio bienestar anímico. El recuerdo de las vacaciones nos dura hasta bien entrado el invierno… y poco después, cuando ya estamos casi mustios, revivimos al planificar la siguiente escapada a la naturaleza bajo el sol.

Así somos… de modo que hoy que aún se pueden recorrer estos montes y quebradas sin abrigo, escalar la roca caliente de Atauri y el Convento, andar en bicicleta al sol de la tarde, y mirar, y ver, y oír todo lo que el otoño tiene aún para decirnos en la Montaña Alavesa, aprovechemos.

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